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Vivienda en México: entre desigualdades, costos y restricciones

El mercado inmobiliario en México atraviesa un proceso de encarecimiento sostenido que, lejos de presentar señales de desaceleración estructural, mantiene una tendencia de crecimiento constante en 2026.

De acuerdo con el Índice de Precios de la Vivienda de la Sociedad Hipotecaria Federal (SHF), el valor de la vivienda en el país registra incrementos anuales cercanos al 8 por ciento en los primeros trimestres del año, un ritmo que confirma la persistencia de presión sobre el mercado habitacional formal. Este comportamiento se complementa con mediciones de alta frecuencia como el INBAPREVI de Banorte, que observa incrementos más moderados en el corto plazo, pero que en conjunto no contradicen la tendencia general de encarecimiento.

La lectura combinada de estos indicadores muestra un fenómeno consistente: la vivienda en México no atraviesa un ciclo de caída ni de estabilidad neutral, sino un proceso de apreciación sostenida que se ha mantenido en los últimos años.

¿Equilibrio?

Mientras la SHF capta transacciones reales de crédito hipotecario, reflejando el comportamiento efectivo del mercado formal, los índices basados en oferta digital como Banorte muestran precios publicados en portales inmobiliarios que, aunque más suaves en su variación, confirman la misma dirección ascendente. La distancia entre ambos indicadores revela una característica central del mercado mexicano actual: el precio de compra real suele crecer más rápido que el precio anunciado.

El comportamiento del mercado no es homogéneo en el territorio nacional.

La geografía de la vivienda en México evidencia una fuerte concentración de valor en zonas metropolitanas y destinos de alta actividad económica o turística.

La Ciudad de México se mantiene como el punto más costoso del país, seguida por polos como Monterrey, Guadalajara, Querétaro y regiones de fuerte dinamismo inmobiliario como Baja California y Quintana Roo. En estas zonas, el valor del metro cuadrado puede duplicar o incluso triplicar el observado en entidades del sur y centro del país.

En contraste, regiones como Chiapas, Tlaxcala, Zacatecas, Durango o zonas no metropolitanas de estados como Tamaulipas o Morelos presentan niveles de acceso más bajos, asociados a menor presión demográfica, menor dinamismo industrial y menor competencia por suelo urbano.

Dicha disparidad configura un mercado profundamente desigual, donde el acceso a la vivienda depende no solo del ingreso, sino de la ubicación geográfica como factor determinante.

Desde el punto de vista estructural, el INEGI complementa este panorama sin medir directamente precios de vivienda, sino a través de la Cuenta Satélite de Vivienda, que analiza el peso del sector en la economía nacional.

En su última actualización, el sector inmobiliario y de vivienda representa más del cinco por ciento del PIB, confirmando su relevancia macroeconómica. Este enfoque permite entender que la vivienda no es únicamente un bien de consumo, sino un componente central de la economía mexicana, vinculado a la construcción, el financiamiento, el alquiler y los servicios inmobiliarios.

Capacidad de compra

El financiamiento juega un papel decisivo en la configuración del mercado.

De acuerdo con el Banco de México y las instituciones de crédito hipotecario, las tasas de interés y condiciones de financiamiento han mantenido la vivienda como un bien de largo plazo, donde la mayor parte de las adquisiciones se realiza mediante créditos de 15 a 30 años. Este modelo implica que la capacidad de compra no depende únicamente del precio del inmueble, sino del ingreso disponible del hogar frente al costo financiero total del crédito.

En términos prácticos, el sistema financiero mexicano establece como referencia saludable que la mensualidad de una hipoteca no supere entre el 30 y el 35 por ciento del ingreso neto del hogar.

Bajo este criterio, la capacidad de acceso a vivienda en la Ciudad de México requiere ingresos significativamente superiores a los observados en ciudades medias o regiones periféricas, donde el costo de adquisición es considerablemente menor.

Este diferencial alimenta una dinámica estructural en la que la vivienda en grandes ciudades tiende a convertirse en un activo de alto valor y difícil acceso para amplios sectores de la población, mientras que en regiones intermedias y rurales sigue siendo relativamente alcanzable, aunque con menor apreciación de valor a largo plazo.

La consecuencia es un país con dos velocidades inmobiliarias: una urbana, de alta presión y creciente exclusión, y otra periférica, de acceso más amplio pero menor dinamismo de plusvalía.

Decisiones

En este contexto, la decisión entre rentar o comprar no puede entenderse como una fórmula única, sino como una función del ciclo de vida económico de cada persona.

Rentar ofrece flexibilidad en entornos laborales cambiantes y movilidad geográfica, mientras que la compra de vivienda representa una estrategia de acumulación patrimonial de largo plazo, especialmente en zonas con crecimiento urbano sostenido.

El mercado inmobiliario mexicano, visto en su conjunto, no muestra signos de ruptura, sino de consolidación de una tendencia estructural: la vivienda se encarece de forma constante, el acceso se vuelve más exigente y la ubicación geográfica se convierte en el factor más determinante del valor.

En este escenario, los datos de SHF, Banorte, INEGI y el sistema financiero coinciden en una lectura común: México avanza hacia un modelo donde la vivienda es cada vez más un activo de largo plazo que un bien de acceso inmediato.


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