La urbe más importante de nuestro país está construida sobre años de historia, una que empezó cuando viajeros del norte encontraron un águila parada sobre un nopal devorando una serpiente; el sitio ideal para fundar el gran imperio que 700 años después daría forma a lo que hoy es: una imposible amalgama de tradición, cultura y desarrollo.

Además, la escena descrita por la tradición oral transcurrió en medio del lago de Texcoco y, pese al paso de los siglos, se ha mantenido viva para convertirse en lo que es para nosotros como mexicanos: el símbolo más poderoso de nuestra Nación.
Lo que sabemos
De acuerdo con María Castañeda de la Paz, del Instituto de Investigaciones Antropológicas de la UNAM, esta narrativa fue reformulada durante el gobierno del tlatoani Itzcóatl, después de la derrota de Azcapotzalco en 1428. En ese contexto se reescribió la historia oficial de los mexicas para fortalecer la legitimidad del nuevo poder político.
Esta narrativa combina memoria, religión y construcción política. El propio Teocalli de la Guerra Sagrada, una pieza mexica conservada en el Museo Nacional de Antropología, representa dicho simbolismo y constituye el único monumento prehispánico conocido que hace referencia directa al episodio fundacional.

La fecha de 1325 no proviene de un documento contemporáneo a la fundación. De hecho, no existe ningún registro prehispánico elaborado en ese momento que relate el establecimiento de los mexicas en el islote del lago de Texcoco. La reconstrucción histórica se apoya en códices y crónicas elaborados décadas después de la Conquista, muchas de ellas escritas por indígenas nahuas o por cronistas españoles que recogieron tradiciones orales.
La investigadora explica que la mayoría de esos documentos coincide en ubicar la fundación durante el año 2 Casa, equivalente a 1325 en el calendario europeo y subraya que se trata de una reconstrucción basada en la convergencia de múltiples fuentes y no en un acta fundacional.
Entre esos testimonios figuran el Códice Mendoza, los Anales de Tlatelolco, el Códice Aubin y diversas crónicas coloniales tempranas que, pese a sus diferencias, sitúan el establecimiento definitivo de los mexicas en esa fecha.
Eduardo Matos Moctezuma, arqueólogo fundador del Proyecto Templo Mayor, ha dicho que imaginar la fundación como un acontecimiento instantáneo es un error: “las ciudades no surgen de la noche a la mañana; son largos procesos en los que intervienen factores económicos, sociales y políticos”. 1325 representa un punto de referencia aceptado por la mayor parte de las fuentes, sostiene el especialista, pero no el momento en que apareció una gran urbe completamente desarrollada.
Un espacio en el tiempo

Cuando Hernán Cortés y sus hombres llegaron al valle de México en 1519 encontraron una ciudad en toda la extensión de la palabra. Bernal Díaz del Castillo describió mercados multitudinarios, calles limpias, canales navegables y edificios monumentales. En su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España relata el asombro de los conquistadores al contemplar una urbe levantada sobre el agua, comunicada mediante calzadas y recorrida por miles de canoas.
Aunque los cronistas españoles escribieron desde la perspectiva de los vencedores, sus testimonios coinciden en un aspecto fundamental: Tenochtitlan era una de las mayores concentraciones urbanas del continente. De hecho, las investigaciones arqueológicas de las últimas décadas en el Templo Mayor y en el Centro Histórico han confirmado buena parte de aquella descripción; además, algunos especialistas calculan que hacia 1519 Tenochtitlan tenía entre 200 mil y 250 mil habitantes, una cifra comparable o superior a ciudades europeas como Sevilla, Lisboa o Londres.

Pero lo realmente trascendental, antes que el imperio, es la ingeniería, porque la expansión mexica suele explicarse desde la guerra, pero la supervivencia de Tenochtitlan dependió de ambos: el sistema de chinampas permitió ampliar la superficie cultivable mediante islas artificiales; las calzadas comunicaban la ciudad con tierra firme y una compleja red hidráulica mantenía funcionando a la ciudad. A juicio de muchos investigadores, esa infraestructura constituye uno de los desarrollos tecnológicos más notables de la Mesoamérica prehispánica.
Luego llegó el caos y la destrucción de la ciudad durante el sitio de 1521. Templos, palacios y edificios ceremoniales fueron desmontados para reutilizar sus materiales en la construcción de la capital novohispana, aunque el trazo urbano no desapareció en su totalidad.
Las excavaciones del Proyecto Templo Mayor, iniciadas en 1978, han demostrado que bajo el Centro Histórico hay templos, esculturas, ofrendas, pisos, canales y edificios correspondientes a la antigua capital mexica… Tenochtitlan está enterrada bajo la Ciudad de México.

Es cierto, no fue la primera gran civilización de Mesoamérica. Antes existieron olmecas, mayas, zapotecos, teotihuacanos y toltecas, entre muchos otros pueblos que contribuyeron a la construcción cultural de nuestro país. Los propios mexicas heredaron conocimientos agrícolas, religiosos, artísticos y urbanos desarrollados durante siglos por sociedades anteriores. Pero hoy, siete siglos después, es imposible separar completamente a la Ciudad de México de Tenochtitlan.
Vale la pena recordarlo: nuestro nombre viene del vocablo náhuatl Mēxihco y su traducción más popular es “en el ombligo de la luna”, interpretación que se relaciona con la fundación de una ciudad sobre un islote en medio del lago de Texcoco.
Hoy, ambas sobreviven, son cimientos y representan nuestra identidad como Nación y nuestro orgullo como pueblo… desde hace 700 años…
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