La Riviera Maya representa quizá el ejemplo más extremo de transformación territorial ligada al turismo. Antes del desarrollo turístico masivo, gran parte de la región estaba conformada por selva, pequeños poblados y comunidades dispersas. Cancún ni siquiera existía como gran ciudad turística.

A partir de los años setenta comenzó una de las mayores apuestas turísticas en la historia moderna de México. El Estado impulsó infraestructura, carreteras, conectividad aérea y desarrollo hotelero en el Caribe mexicano.
Décadas después, el corredor Riviera Maya-Cancún se convirtió en uno de los principales receptores de turismo internacional de América Latina. Grandes cadenas hoteleras, clubes vacacionales y desarrollos inmobiliarios comenzaron a expandirse a lo largo del litoral.
El crecimiento económico fue enorme, pero también lo fueron las consecuencias territoriales. El aumento del valor de la tierra, la presión urbana y la expansión inmobiliaria transformaron completamente la región. Hoy gran parte del suelo turístico opera bajo dinámicas internacionales de inversión y especulación.
El dinero manda
En prácticamente todos los destinos donde el modelo de turismo residencial se consolidó, el resultado fue el mismo: la tierra dejó de ser un espacio local para convertirse en un activo financiero.

La llegada de infraestructura, cadenas hoteleras internacionales y capital extranjero modificó la manera en que el suelo comenzó a cotizarse en distintas regiones del país. En lugares como Los Cabos, Tulum o la Riviera Maya, propiedades costeras que antes tenían valores accesibles multiplicaron su precio en pocas décadas.
El suelo dejó de cumplir una función habitacional o productiva para integrarse a una lógica de rentabilidad internacional. Diversos estudios académicos han señalado que, en varias zonas del Caribe mexicano, el negocio inmobiliario llegó a igualar o incluso superar la importancia del propio turismo.
Las implicaciones sociales fueron directas. El aumento de rentas y precios inmobiliarios desplazó gradualmente a trabajadores locales hacia periferias urbanas, mientras se consolidaban contrastes cada vez más visibles entre zonas turísticas de alto valor y colonias con servicios limitados.
El turismo generó empleo e inversión, pero también redefinió las condiciones de acceso a la vivienda.

De acuerdo con estudios del Sustainable Tourism Advanced Research Center de la Universidad Anáhuac Cancún, el ecosistema de propiedad vacacional y tiempo compartido generó en 2024 alrededor de 8.4 mil millones de dólares en valor de producción, además de más de 6.3 mil millones en divisas vinculadas al sector.
La magnitud del modelo es clara: en destinos como Riviera Maya, Puerto Vallarta o Los Cabos, una parte significativa de la ocupación hotelera ya depende de esquemas de propiedad compartida o clubes vacacionales.
Históricamente, entre el 70 y el 80 por ciento de los compradores dentro de este sistema han sido estadounidenses y canadienses, lo que explica la progresiva dolarización del suelo turístico en múltiples regiones del país.
Para muchos habitantes locales, competir en un mercado inmobiliario orientado a compradores internacionales se volvió prácticamente inviable.
Infraestructura
El turismo no transformó únicamente la economía de distintas regiones mexicanas. Transformó físicamente el territorio.

Carreteras, aeropuertos, marinas, complejos hoteleros, campos de golf, clubes de playa, condominios verticales y desarrollos residenciales comenzaron a aparecer en lugares que décadas atrás conservaban dinámicas rurales o costeras relativamente aisladas.
En Quintana Roo, el crecimiento de Cancún y Riviera Maya impulsó una expansión urbana sin precedentes. La construcción de infraestructura turística atrajo inversión privada, trabajadores y nuevos asentamientos urbanos. Con el tiempo, la región comenzó a depender profundamente de la actividad turística.
Los Cabos vivió un proceso similar. La conectividad aérea internacional permitió el crecimiento de complejos hoteleros de lujo orientados principalmente al mercado estadounidense. Campos de golf, marinas privadas y desarrollos residenciales premium comenzaron a redefinir completamente el paisaje.
En Riviera Nayarit y Puerto Vallarta, la expansión turística modificó también la estructura económica regional. Nuevos complejos turísticos impulsaron empleos en construcción, hotelería, transporte y servicios.

San Miguel de Allende experimentó otra clase de transformación. La infraestructura cultural, gastronómica y residencial destinada al turismo internacional terminó convirtiendo a la ciudad en uno de los mercados inmobiliarios más exclusivos del interior del país.
Los beneficios económicos fueron evidentes. El turismo generó empleo, conectividad y derrama económica. Muchas regiones experimentaron crecimiento acelerado gracias a la llegada de inversión nacional e internacional.
Sin embargo, también aparecieron nuevas presiones. El crecimiento urbano acelerado incrementó la demanda de agua, energía eléctrica, movilidad y servicios públicos. En diversos destinos turísticos comenzaron a aparecer problemas relacionados con residuos, saturación vial y presión sobre recursos naturales.
La infraestructura turística modificó además la composición social de numerosas regiones. En distintos casos, trabajadores del sector comenzaron a vivir cada vez más lejos de las zonas turísticas debido al incremento en rentas y precios inmobiliarios.

El turismo dejó de ser solamente una actividad económica. Se convirtió en un modelo de ocupación territorial.
México descubrió que el turismo podía generar riqueza, infraestructura y reconocimiento internacional. Pero también descubrió algo más: que el territorio podía reorganizarse alrededor del valor que otros estaban dispuestos a pagar por él.
El paraíso, en muchos casos, dejó de ser un lugar. Se convirtió en el nuevo gran negocio.
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