Sonríe y se sonroja. Levanta la mirada para encontrar los suyos en el castaño de otros ojos mientras se pregunta si debe detenerse o mantener el avance. Su respiración se acelera un poco cada vez, empieza a sentir… a desear.
Desde lo más profundo de su hermosa anatomía, cada órgano y músculo y nervio se preparan para el contacto, pero algo le detiene: “Un poco de cordura… no es prudente… pueden vernos…”.

No puede ocultarlo. Ella quiere perderse en esos labios, necesita sentir las humedades de esa boca, la respiración entrecortada recorriendo todo su cuerpo y crear la tonalidad perfecta entre sus pieles en cualquier sitio de alguna habitación de ventanas abiertas y cortinas transparentes.
Lo cierto es el peso de la verdad: anhela la fuerza de esos brazos bajo sus piernas, por la cadera, entre sus pechos o al menos sosteniéndole. Necesita escuchar los murmullos de todas esas frases impedidas a la generalidad por ser “inapropiadas” fuera del contexto de la carne, la pasión, la lujuria exacerbada de su boca y la agilidad de sus manos por la espalda… todo.
Sin embargo, nada…
***
Es casi mediodía y, apresurada, acelera el paso. A la distancia ve a la menor de sus dos hijas esperando en la entrada del colegio junto con otra decena de infantes. Ambas sonríen al descubrirse y la pequeña no puede ocultar su emoción. Parlotea con millares de sonidos sobre la repentina suspensión de las actividades escolares y los planes que en minutos hizo para el resto del día porque su hermana llegará después de la comida y la habitación será para ella sola y sus muñecas y su música.

La mujer respalda la decisión mientras abordan el vehículo y, amorosa, le recuerda que por ningún motivo debe tomar las cosas de la mayor, aunque intercambian una mirada cómplice porque la advertencia no llegó a ningún lado.
Una vez en casa empiezan los preparativos porque no hay aún comida preparada. Desde la cocina escucha las primeras tonalidades de una canción del grupo asiático de pop y ella aún no decide la mejor opción para esa tarde. Algo rápido. Unas enchiladas con queso y arroz blanco con chicharos y pequeños trozos de zanahoria y papas, el plato favorito de las chiquillas…
Las tres están en la sala con la televisión encendida y en la pantalla, por enésima vez, el anime de una niña que a veces despierta siendo niño y a veces sigue siendo niña. La mayor acaba de lavar los trastes y ella ha dispuesto orden en todos los artículos a ofrecer más tarde, en la reunión con las vecinas en el encuentro semanal…
***
Por la mañana e intercambiaron saludos, entonces apareció la chispa. Ella insinuó la posibilidad mientras charlaban a media calle en la privada. Él observó la profundidad de sus pupilas dilatadas y apenas pudo evadir el embate de tal cantidad de feromonas.
No era una decisión sencilla.
Se despidieron con amabilidad pese a la evidente tensión desarrollada en apenas segundos. La sola posibilidad despertó todo tipo de fantasías porque ninguno resultaba del todo ajeno, aunque era mejor así. No quería problemas tan cerca de casa.

Horas después, un poco avanzada la tarde, decidió que después de la limpieza y la preparación de su casi cena era buena idea ver algo en algún canal de la TV, de cualquier forma nunca le prestaba tanta atención. Destapó una cerveza, se sentó y accionó el control remoto.
Minutos después maldijo el sonido en la puerta de la entrada.
- Hola, perdona que haya llegado sin avisar pero necesito ayuda con algo…
Respondió al llamado sin hacer preguntas. Todo sucedió tal cual debía. Sin no poco esfuerzo y mucho empeño, estuvo ahí cerca de 25 minutos, sosteniendo el peso de una de las alacenas mientras su esposo intentaba empotrar anaqueles y ajustar algunos tornillos en las puertas. Luego respondió con amabilidad a las preguntas de la más pequeña porque sentía curiosidad por su trabajo.
- …sí, todos los días desde la 1 de la tarde hasta las 9 de la noche…
- ¿Y en las mañanas qué haces entonces? –le interrumpió.
El padre espetó divertido a la chiquilla y con todo amor la corrió del sitio dando un ligero empujón en su espalda. Volteó hacia el hombre, le extendió la mano y agradeció la ayuda. No habría podido hacerlo solo.
- Para eso estamos, vecino…















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