EKTUNKUL

todo resuena en nuestro México

Y Dios creó al hombre…

La llamada entró poco después de las 10. Hablaba de urgencia y necesidades apremiantes cuya satisfacción dependía exclusivamente de… ciertas cosas.

Faltaban poco más de 40 minutos para terminar la jornada matutina y a ella le tomaría casi lo mismo llegar al punto de encuentro: el estacionamiento del centro comercial en la esquina del bulevar, cerca del puesto de vigilancia en la zona más apartada, junto al comercio de pizzas que, a esa hora en este lunes, seguro estaría cerrado.

Llegué puntual y de malas. No por la cita, sino a consecuencia de las terribles decisiones editoriales desde el centro y todas las implicaciones a enfrentar por la tarde, durante la conferencia de prensa.

Encendí un cigarro y tres bocanadas después hice lo contrario, cuando la vi llegar en la camioneta, una hermosa todo terreno color negro.

Sonrió, bajó del vehículo y me abrazó con no pocas ansias. Apretujo su cuerpo y se separó para girar sobre su eje y preguntar si me gustaba.

Le observé a detalle porque la sensualidad disfrazada de coqueteo gentil representa una combinación difícil de ignorar.

Usaba un vestido rojo adornado con flores blancas de todos tamaños y dos tirantes amarrados sobre los hombros descubiertos. Un discreto escote justificaba la reacción de mi cuerpo porque no había sujetador bajo la tela ajustada a su talle. Luego se convertía en una falda que terminaba justo por arriba de las rodillas desnudas y remataba el conjunto un par de zapatillas acordes a la tonalidad de la vestimenta, pero con un par de rayas blancas en diagonal al frente para culminar en una simetría perfecta… como la guitarra que daba forma a su cuerpo…

***

No tenemos tanto tiempo, aunque eso es lo menos importante ahora.

Me deja conducir y avanzamos hacia la salida de la ciudad, al sur.

A pesar de la increíble velocidad con que sus labios se mueven y su boca emite sonidos parecidos a palabras incomprensibles, yo no puedo evitar mirar de cuando en cuando la piel de esas maravillosas extremidades. Y no es por haber quedado apenas descubiertas… son las posibilidades.

Dice algo sobre el fin de semana, luego pierdo el hilo del monólogo y recupero la atención cuando habla de comer algo antes de tomar la carretera. Asiento a la invitación porque ha sido una mañana de corajes en ayunas, deseos insatisfechos y unas ansias locas por llegar al destino. Cualquiera estaría en condiciones similares ante tal conjunto de causalidades.

Almorzamos en el bufet de la estación de servicio mientras dos chicos lavan el vehículo en el estacionamiento.

Observarle avanzar hacia la barra de alimentos a unos cuantos pasos de la mesa asignada, junto al enorme ventanal y la luz de una mañana moribunda colándose hasta la piel de sus pantorrillas, son pretextos suficientes: el juego de sombras, el contoneo de la tela… la forma en que acomoda su cabello cuando al girar me mira observarle y sonríe.

Al regresar, mientras acomoda el tazón de fruta al centro de la mesa y sin verme directamente, toma un trozo de piña y la coloca entre mis labios, se acerca, besa mi mejilla con su apetitosa boca carmín y susurra a mis oídos… yo también te deseo…

***

La tensión era imposible. Nos detuvimos en el primer motel porque cuerpos como los nuestros exigen atención, porque años de evolución no pueden estar equivocados y siempre estamos obligados a descubrir lo que sucede cuando una fuerza imparable se enfrenta a un objeto inamovible.

Física pura.

Deseos liberados al juego de la carne y sonidos imposibles de replicar se suceden uno tras otro porque las formas son diferentes y la conjunción, perfecta.

Las humedades están, literalmente, a flor de piel. Los lóbulos en la cercanía de sus oídos resbalan pausados entre mi lengua y boca. Palabras en rumor se agolpan desde la base de la espalda y cruzan el valle hacia la ineludible perfección de una cordillera ansiosa de retos y conquistas.

Hay espectáculos hermosos, fascinaciones increíbles y sabores apasionados descubriéndonos este primer encuentro, describiendo la necesidad de un poco más otra vez. Luego estás tú y la incomprensible necesidad de más de ti. Por eso acumulo tus arcos, por eso presiono tu cadera, por eso mis manos ya son capaces de formarte en el mismo barro que, dicen, recibió la vida hace milenios del aliento universal… eres perfecta.

  • ¿Sabes? Haces que me sienta como una diosa…
  • Lo eres… me encantan tus piernas…

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