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todo resuena en nuestro México

Mi Diario de las Pieles Muertas

En todas las horas que he pasado en esta tierra he visto cosas. Demasiadas.

No quiero decir con ello que ya poco aún podría sorprenderme, al contrario. Desde el crecimiento de una planta común hasta el inconfundible escarlata en el vientre de una viuda negra, el vuelo de un colibrí, una mariposa siguiendo mis pasos mientras avanzo hacia algún lugar, la sonrisa de un niño… todo, cualquier cosa en esta realidad, cuenta con su pequeño gran porcentaje de magia.

Ya lo sé. Esto podría parecer una versión demasiado romántica a propósito de una existencia plagada de errores, equivocaciones y decisiones cuestionables, pero es mío.

Yo decidí colocar mi vida en un infierno y escapar de vez en cuando para ver el paraíso desde la lejanía, sentarme cerca de la cómoda posibilidad de pertenecer y adivinar a qué juegan en la otra orilla, donde el sol nace. También ocupo algunos momentos para crear y escribo con un poquito de sangre las nuevas frases en este diario de pieles muertas y ensoñaciones sin surgir.

A veces puedo… solo a veces…

* * *

El otoño golpea el rostro con la frialdad de un viento nacido desde el norte. Anhela poder llegar al invierno y descubrir por fin las implicaciones del recorrido, pero las articulaciones duelen con la humedad: entra, rodea, carcome cada molécula y la deja apenas funcional. Entonces aparecen nuevos desafíos y el dolor aumenta porque, sencillamente, es inevitable.

El tiempo pasa factura y también la consciencia. Entonces uno deja de dormir y poco a poco la transformación llama a la puerta y golpea con toda su fuerza la parte baja de la mandíbula, el costado interno del tórax, la entrepierna de por sí marchita.

Ahí se cae en la cuenta y se decide. Lo mejor es huir, entonces se corre a la ventana del segundo piso y al abrirla se ven las hojas de otros árboles arrastradas por la brisa posterior al verano.

El miedo permea porque son apenas unos cuantos metros y la caída, con seguridad, será tan lastimosa como la idea de erguirse y continuar.

Al saltar se aprecian las otras casas de ventanas abiertas y otras personas en proceso de decidir o caer. Aún hay distancia suficiente y uno piensa en las opciones de antes y se arrepiente pero todo eso es pasado y ese ya no se puede cambiar, al menos no ahora, no hasta que la física y sus seguidores descubran cómo hacerlo.

El golpe va directo al costado y el hombro reconoce un nuevo dolor y lo coloca en el último espacio vacío del pequeño contenedor alojado en la memoria.

Uno quiere seguir huyendo, pero al estar de pie el camino se acorta y uno sabe que tal determinación solo llevará a un sitio.

Es una lástima que tal conocimiento haya llegado después de otro golpe, pero así son y suceden las cosas en esta vida: un pequeño milagro a la vez…

* * *

A veces me da por pensar en la luz y la artificialidad de su reflejo en las baldosas. No es igual siempre: blanquecina, dorada y, ocasionalmente, con una tonalidad rojiza que asusta porque ese es el color de la sangre viva, al menos parecido.

La luz y su espectro provocan alucinaciones a falta de magnesio o insuficiencia de agua, depende de las condiciones del clima, la ubicación geográfica e, incluso, el estado de ánimo, eso es un hecho, pero sin duda hay una certeza implícita: también es responsable directa de la oscuridad, pues esta surge cuando aquella decide tomar un descanso y se aleja.

Yo no puedo ver los rayos solares, pero sé que están ahí porque me permiten visualizar el camino, sus recovecos y todos los asegunes por enfrentar en cada paso. Pero debo ser honesto, me asusta cuando el blanco es protagonista. Siento que todo es mentira porque algo dentro añora el aureo y su relación con la verdad: si este no es visible, entonces lo que veo es irreal o una copia mal hecha del mundo alrededor y bajo mis pies.

Detesto salir a ese universo y fingir como hacen otros porque la verdad está oculta por alguna razón y los perros ladran a un punto fijo en el espacio y nos confunden ante nada. Luego gimen y, nerviosos, se acurrucan al costado y esperan algo. Yo también.

Desde la ribera puedo ver el correr del agua y cómo choca y elude obstáculos que la misma naturaleza colocó ahí por alguna enfermiza y desconocida razón, puedo sentir la humedad porque mis huesos la saben siempre y el río continúa serpenteando, pero si algo me inquieta es no escucharle.

No veo el dorado, no escucho el correr del agua y en mi boca hay un sabor a café cargado y el sentir de un camino inconcluso oprimiendo los restos de un pecho vacío… todo es mentira… nada es real…


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