El segundo semestre de 2026 comienza recordándonos una vieja lección: los mercados pueden celebrar durante semanas, pero basta una sola duda para que el optimismo se transforme en cautela. La economía mundial atraviesa un momento en el que una tregua geopolítica puede aliviar las tensiones por unos días, mientras los bancos centrales, las empresas y los inversionistas permanecen atentos a cualquier señal capaz de modificar el rumbo de los mercados.

De acuerdo con el reporte Perspectiva Semanal de Banorte (6 al 10 de julio de 2026), el dinamismo que llevó al índice S&P 500 a registrar máximos históricos comienza a moderarse. La rotación entre sectores ha enfriado, al menos temporalmente, el entusiasmo que despertaron las empresas ligadas a la inteligencia artificial y a los semiconductores, protagonistas de un junio marcado por fuertes ganancias antes de experimentar una corrección técnica.
En este contexto, el reciente acuerdo de paz entre Estados Unidos e Irán regaló un respiro temporal a los mercados energéticos. La disminución en los precios internacionales del petróleo fue recibida con optimismo, pero conviene no perder de vista que se trata de un equilibrio frágil. Mientras persistan las dudas sobre la estabilidad del acuerdo y el restablecimiento pleno del tránsito marítimo por el estrecho de Ormuz, seguirá existiendo un factor de incertidumbre para la economía global.
En un mundo profundamente interconectado, cualquier alteración en una de las principales rutas comerciales puede trasladarse rápidamente a las cadenas de suministro y terminar reflejándose en el bolsillo de millones de consumidores.

En México, la atención se concentra en la revisión del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC). Quienes esperaban una negociación rápida probablemente tendrán que moderar sus expectativas. Todo apunta a un proceso prolongado de conversaciones técnicas y políticas que podría extenderse durante varios meses, mientras el tratado continúa operando bajo sus condiciones actuales y los tres países buscan acordar una nueva extensión de su vigencia por otros 16 años. Más que una negociación comercial, se trata de un ejercicio de equilibrio geopolítico que definirá buena parte del futuro económico de Norteamérica.
La agenda económica inmediata también merece especial atención. El Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) dará a conocer la inflación correspondiente a junio, además de indicadores sobre actividad industrial, inversión fija bruta y consumo privado. Por su parte, el Banco de México publicará las minutas de su más reciente decisión de política monetaria, documentos que permitirán conocer con mayor detalle la visión de los integrantes de su Junta de Gobierno sobre la evolución de la economía nacional.
Las previsiones apuntan a una disminución mensual de 0.16% en la inflación de junio, lo que ubicaría la tasa anual en 3.48%. Es, sin duda, una noticia positiva, aunque sería un error asumir que la batalla contra la inflación está completamente ganada.

Banorte advierte que durante la segunda mitad del año podrían surgir nuevas presiones sobre los precios, impulsadas por factores climáticos como el fenómeno de El Niño, el incremento en los costos de los fertilizantes y otros desafíos para el sector agropecuario. En consecuencia, la institución estima que la inflación concluirá 2026 alrededor de 4.4%.
En paralelo, las perspectivas de crecimiento para la economía mexicana permanecen moderadas. Banorte proyecta un incremento del Producto Interno Bruto de 1.4% durante este año, cifra que representa una recuperación respecto al modesto crecimiento de 0.5% registrado en 2025, aunque todavía distante del dinamismo que el país necesita para acelerar la generación de inversión, empleo y consumo. El verdadero desafío no será únicamente alcanzar esa meta, sino consolidar una recuperación sostenida que permita fortalecer los motores internos de la economía.

Este escenario estará acompañado por una tasa de referencia del Banco de México proyectada para cerrar el año en 6.5%. Si bien representa un descenso importante frente a los niveles restrictivos observados en años recientes, también confirma que la autoridad monetaria mantendrá una postura prudente. Para las empresas significa un entorno más favorable para financiar proyectos de inversión y expansión, aunque sin las condiciones suficientes para detonar un crecimiento acelerado del crédito y del consumo. La cautela seguirá siendo la palabra dominante.
El peso mexicano tampoco tendrá un camino sencillo. La expectativa ubica el tipo de cambio alrededor de 17.80 pesos por dólar hacia el cierre del año, una proyección que dependerá, en buena medida, de las decisiones que adopte la Reserva Federal de Estados Unidos y de la evolución de los mercados internacionales. En este entorno, mantener una estrategia defensiva parece más una necesidad que una simple recomendación.
Al final, la economía nunca se limita a porcentajes, índices bursátiles o movimientos cambiarios. Detrás de cada dato hay empresas que deciden invertir o esperar, familias que ajustan su presupuesto, trabajadores que buscan estabilidad y gobiernos que intentan mantener el equilibrio. Ese es, precisamente, el otro rostro de la economía: el que pocas veces aparece en las gráficas, pero que termina influyendo todos los días en la vida de millones de personas.
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