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El empleo del futuro no se construye en las universidades

Hubo un tiempo en que obtener un título universitario era casi garantía de triunfo a nivel profesional, luego las cosas empezaron a cambiar y aparecieron especialidades, diplomados, certificaciones… hoy nada de eso asegura vigencia en un mercado laboral que cambia más rápido que los propios planes de estudio.

El Foro Económico Mundial calcula que hacia 2030 surgirán 170 millones de nuevos empleos en el mundo, desaparecerán 92 millones y cerca del 40 por ciento de las competencias que hoy demandan las empresas serán diferentes y eso no es cualquier cosa, significa que el trabajo cambia a un ritmo que a veces podría resultar muy difícil de seguir.

Hace unos días se hicieron públicos los resultados de un estudio elaborado por WeWork y Michael Page en el que detalla que 96 por ciento de los trabajadores considera que los esquemas laborales flexibles fortalecen habilidades como la autogestión, la autonomía, la comunicación, la organización del trabajo y la capacidad de adaptación.

Este estudio es importante porque abunda sobre un aspecto especialmente importante: antes enfrentábamos la discusión en torno a si el trabajo híbrido aumentaba o disminuía la productividad, si convenía regresar a las oficinas o si el trabajo remoto debía convertirse en una prestación permanente.

La realidad es que el análisis debía hacerse en otro lado.

¿Por qué? La respuesta ha estado ahí, solo que no era el objeto directo de nuestra atención: las empresas dejaron de buscar únicamente conocimientos técnicos porque necesitan personas capaces de tomar decisiones, administrar su tiempo, colaborar con equipos dispersos, aprender nuevas herramientas y adaptarse con rapidez. A ello se suma otra evidente realidad, esas habilidades no se adquieren en un aula, se desarrollan al enfrentar los problemas cotidianos del trabajo.

Pero esta evolución no es general. Buena parte del sistema educativo sigue preparando profesionistas para un mercado laboral que dejó de existir hace varios años; forman especialistas para desempeñar funciones específicas cuando las empresas buscan personas capaces de asumir funciones distintas conforme cambian la tecnología, los procesos y los modelos de negocio.

La inteligencia artificial aceleró el proceso, pero no lo inició. La automatización, la digitalización y la economía del conocimiento llevaban años modificando el perfil del trabajador pero ahora esos cambios ocurren en cuestión de meses y no de décadas.

Hoy resulta insuficiente medir la fortaleza de una economía únicamente por el número de empleos que genera o por el monto de la inversión que recibe; sin duda son indicadores indispensables, pero dicen poco sobre la capacidad de un país para preparar a su fuerza laboral frente a un entorno que evoluciona de manera permanente.

México enfrenta una oportunidad y un riesgo al mismo tiempo. La relocalización de empresas, el crecimiento de sectores tecnológicos y la integración con América del Norte pueden traducirse en nuevas inversiones y empleos. Pero esos beneficios dependerán del talento con las capacidades que demandará esa nueva economía.

La discusión sobre el trabajo flexible nunca debió reducirse a decidir desde dónde se trabaja. Lo importante era entender qué tipo de trabajadores está formando esa nueva realidad laboral.

Ese es el cambio que comienza a perfilarse. El empleo ya no dependerá únicamente de los conocimientos acumulados, sino de la capacidad para adquirir otros nuevos antes de que los anteriores pierdan vigencia.


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