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Interpretar las cifras, el contraste entre las similitudes

Hay una vieja costumbre cuando hablamos de economía: creemos que todas las cifras tienen que moverse en la misma dirección. Si el país crece, el peso se fortalece. Si el crecimiento se frena, el dólar tiene que subir. Parece inevitable, pero la economía tiene la mala costumbre de desobedecer las explicaciones sencillas.

Las perspectivas económicas de Banorte para lo que resta de 2026 son un buen ejemplo. El banco estima que la economía mexicana crecerá 1.4 por ciento y que el dólar cerrará el año alrededor de 18.10 pesos.

El Banco de México también observa una economía que seguirá creciendo, aunque con un paso todavía más moderado. En su más reciente Informe Trimestral ajustó su pronóstico para 2026 a 1.1 por ciento, al reconocer que el inicio del año fue menos dinámico de lo esperado. Apenas tres décimas de punto porcentual de diferencia muestran que incluso entre quienes analizan los mismos indicadores hay distintos grados de optimismo.

Hay, sin embargo, una diferencia mucho más reveladora. Banorte pone una cifra sobre la mesa y calcula un dólar cercano a 18.10 pesos al cierre del año. El Banco de México no lo hace. No porque ignore el comportamiento del tipo de cambio, sino porque su función es distinta. En un régimen de libre flotación, el banco central no fija un precio para el dólar ni publica una meta cambiaria; concentra sus esfuerzos en preservar la estabilidad del poder adquisitivo del peso mediante la política monetaria.

Estamos acostumbrados a pensar que una economía fuerte produce una moneda fuerte. Pero el tipo de cambio no funciona así. El peso puede mantenerse firme aun cuando el crecimiento sea modesto, porque quienes compran y venden divisas no sólo miran cuánto produce un país, también qué tan confiable les parece.

Eso explica por qué un crecimiento discreto y un dólar relativamente estable pueden convivir sin problema. No es una contradicción. Son maneras distintas de medir la realidad.

Esa misma idea también aparece en los pronunciamientos del Consejo Coordinador Empresarial, organismo que ha insistido en que el verdadero desafío para México no es sostener un determinado tipo de cambio, sino recuperar un ritmo de crecimiento capaz de atraer inversión, elevar la productividad y generar empleos, en el entendido de que la estabilidad financiera ayuda, pero por sí sola no garantiza prosperidad.

El error está en pensar que un peso fuerte significa, automáticamente, que la economía atraviesa un gran momento. Una moneda puede inspirar confianza en los mercados financieros mientras millones de personas siguen esperando que ese optimismo se refleje en mejores empleos, salarios o inversiones.

¿Qué hay que entender entonces? Banorte ve un crecimiento de 1.4 por ciento, el Banco de México calcula 1.1 por ciento y el Consejo Coordinador Empresarial insiste en que el reto es acelerar la inversión y la productividad.

Son instituciones distintas con diferentes responsabilidades, pero las tres terminan hablando de una escena parecida: una economía estable, sí, pero lejos del dinamismo requerido para transformar la vida cotidiana de los mexicanos…


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