EKTUNKUL

todo resuena en nuestro México

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Hace frío… se quiere ir

Su rodilla está sangrando, señor ¿está bien?

La preocupación de los jóvenes era real. Ellos vieron cuando el hombre empezó a correr para poder guarecerse bajo la marquesina de la tienda frente al retorno, pero las prisas no son grandes aliadas de la lluvia y, como la mayoría de las veces, unas y otra se enfrentaron. Entonces el pie no resistió el peso y se hundió cerca de 15 centímetros en el vacío de lo que parecía ser solo un charco.

El pantalón se desgarró y con él se fueron pedazos de piel y carne que antes estaban firmes debajo de la rótula. Apenas pudo ponerse en pie y, de no haber sido por la ayuda recibida, no habría podido llegar a casa por sus propios medios…

Empapado, se sirvió una generosa porción de brandy barato en el primer vaso hallado. La bebida se mezcló con restos de café y bebió casi la mitad de un trago. Se desvistió en la sala y tomó ropa de uno de los sillones para protegerse del frío. Se puso los pantalones deportivos, unas calcetas, una playera, un suéter y la enorme y vieja chamarra negra de interior afelpado, apuró el resto del líquido en el vaso y se sirvió otra vez. La oscuridad del interior era atacada con fiereza por la luz artificial exterior y ello le daba margen de maniobra y movimiento.

Se sentó, encendió un cigarro y lo observó consumirse. Todo acaba de alguna forma siempre…

Es cierto…

* * *

Allá arriba hay unos caminos con unas como nubes alrededor. No hay flores, solo extraños arbustos y tallos secos que combinan perfectamente con el entorno grisáceo y sinsentido de cada día. Luego están los otros, los que caminan fieles a su disfraz mundano: la prostituta de excelente reputación, la gorda empeñada en hacer que las reglas se cumplan después de dejar el auto de la oficina en manos de su vástago adolescente, el responsable de dirigir el circo sin tener idea de los actos y actores y, por supuesto, la de la mano oculta y las cuentas pendientes por cobrar, entre otros.

Pueden ver todo. Nada escapa al escrutinio flagelante de quienes se han autonombrado juzgadores y preparan la mesa para servirles con toda disposición porque lo merecen y podría ser, tal vez, la última oportunidad de alguno para redimirse, aunque no todos la merezcan.

Allá arriba alguien evalúa quién y por qué debe continuar. Desestima sus oraciones y desdeña sus pecados porque en estos tiempos son solo palabras y estas vuelan hacia otros dioses y se arrodillan en otros altares. Todos recibieron gustosos las mismas 30 monedas y la acción ahora es sinónimo de normalidad porque las cosas así deben ser. Ellos van y los otros, desde el privilegio de su posición, observan sin intervenir porque se trata de decisiones y consecuencias y ellos son libres… al menos eso creen.

La peor de todas tiene un montón de cicatrices sobre y alrededor de su enorme nariz, es una tipa solitaria en busca de tela suficiente para cubrir todos los kilos grasientos de alimento que engulle cada día y se empeña en simular amabilidad porque nadie en su sano juicio se le acerca a conocerle; le usan porque tiene funciones limitadas, es torpe y su apariencia solitaria es muy real, al igual que toda la sarta de especulaciones surgiendo de una lengua venenosa, bífida y maloliente, llena de basura y necesidad de más siempre porque cada minuto, otra vez, tiene hambre. Da lástima…

Mira: ¡allá arriba hay un camino de nubes!

* * *

¿Ya volvió?

La voz reclama sed desde dentro y él justifica su estar porque es “un alcohólico funcional”. Su autoconcepción provoca desilusión en unos y preocupación para otros. A él ya no le interesa, se justifica como los demás y los otros: ya no hay ventajas, los motivos huyeron hace tiempo y el deseo desapareció con la luz de ese primer amanecer en vela.

“Trabajo porque el alcohol no lo regalan y la renta no se paga sola. ¿La comida? Esa llega siempre, la vida se encarga, por alguna razón pasa de vez en cuando un ángel y le ofrezco un trago…”.

Las manos que le tocan, pulsan y examinan parecen amistosas, no así las luces rojas y azules tras el vidrio. Responde al interrogatorio. Proporciona su nombre, habla de su edad y asegura que está bien. De cualquier forma lo revisan una y otra vez.

Los jóvenes están hablando con unos policías y él quiere irse porque tiene sed de esa, de la mala.

Repite otra vez que está bien y exige que lo dejen. Debe llegar a la casa donde nadie lo espera a preparar las cosas tontas del día siguiente para cumplir con un trabajo que no disfruta, pero que le da lo suficiente para su botella diaria, sus cigarros y algo de comer.

El vaso se está calentando y falta cada vez menos para las 2 de la mañana, la maldita hora en que debe acostarse para poder despertar más o menos recuperado.

Entonces cae en la cuenta y entiende que ya quiere irse… o al menos poder cambiarse… empieza a hacer frío…

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