El color de mi sangre seca es igual al de la tierra, por eso mi seguridad al afirmar que le pertenezco y el ocre es todo, menos un simple descubrimiento de muerte al atardecer…

Yeni de ojos pequeños entiende la referencia y me abraza. Andamos por el malecón y a la distancia escuchamos las olas de esta noche y su reencuentro con todas las rocas de la bahía porque no hay mejor oportunidad para encontrar al otro.
Lo descubrimos juntos hace relativamente poco tiempo gracias a la misma reacción de tal imagen… silencio.
Entre murmullos de agua, luces artificiales y vida más allá de las estrellas, el horizonte nocturno traza una línea que corre por todo lo ancho del campo visual hasta su mejilla y sonrío. Ella descubre maravillada las diversas tonalidades de la vida, desprende mi mano y se acerca al pequeño crustáceo y, en cuclillas, le susurra cosas y este detiene el movimiento de todas su patas y las pinzas se mueven como en una singular reverencia para después seguir su camino hacia el salino de la piedra y el humedal dentro de ella.
- Debemos irnos…
***
Ale –dijo- tenemos que resolver esto.
Creo que exagera. Resolver implica la existencia de un problema y no es así, lo que hay es una pequeña diferencia alrededor de una situación vista desde dos perspectivas distintas. Lo urgente en realidad es hallar un punto de concordancia en cuya intersección se encuentren a gusto su necedad y la mía.

Decido ceder porque las guerras no se ganan en una sola batalla y soy consciente de ello. Además, no tengo el suficiente valor para enfrentarle, argumentar o defender absolutamente nada. Ella tiene razón y la sola posibilidad de habilitar un gramo de condescendencia pone en riesgo mi integridad física y, por supuesto, la insana lucidez previa a su boca… esa es la razón principal, por eso no me atrevo.
Estamos de pie en absoluto estado de contemplación y las palabras se convierten en simples monosílabos para aprobar o desechar intentos. Sus manos siguen aferradas al metal y, sin apartar la vista, analiza nuevamente las posibilidades, evalúa las consecuencias de una u otra decisión y aparentemente halla una variable.
Con calma, deja deslizar palabras hacia mí explicando a detalle lo descubierto, el por qué es la mejor opción y cómo debo proceder. Tiene razón, pero hay un pequeño obstáculo que pone en riesgo el desarrollo de las horas por venir. Ella escucha con no poca indiferencia el argumento y en franca desesperación decide. ¡Hagámoslo!

Entonces se deja llevar, acerca sus manos en un movimiento antinatural y se aferra al objeto. Ordena proceder conforme a lo planeado, SU plan por supuesto, y gira su cuerpo para ofrecerme la visión de una espalda perfecta y una cabellera impecable que casi alcanza su media espalda.
Pregunto si está cien por ciento segura y ella solo sonríe porque lo sabe de cierto. Sin duda tiene sus razones, yo sigo pensando que la marca de la cerveza no hará ninguna diferencia con la mariscada de esta tarde…
***
- Mis miedos están apartados en un rincón de casa, acumulando polvo y tiempo, sí, pero también presentes porque son inherentes a mi persona e historia y, por si ello no fuese suficiente, de todos es sabido que no hay mejor combustible para determinar las capacidades y abrojos de un ser humano. Por eso no los llevo conmigo, aunque siempre los tengo presentes. ¿La razón? No quiero volver a experimentar jamás un ataque de pánico.

Escucho con atención, sin juzgar, porque he estado ahí, pero no se lo comento. Sobre la roca que domina el bosque desde las alturas, cerca del mediodía, nuestras palabras y confesiones revolotean con algunas aves cuyos nombres olvido por ella porque esta es una vida de oportunidades y no hay tiempo suficiente para estar contigo.
Yeni sonríe. Juguetea con mi mano y observa la cicatriz, pregunta el cómo. Hablo de una de mis no sé cuántas aficiones y describo lo sucedido. Dice que debo tener más cuidado y usar protecciones adecuadas para evitar accidentes similares posteriores.
Un poco de silencio no cae mal. La tormenta aparece en la lejanía y yo sé que ella y sus ojos son el mejor refugio.
Aunque la cursilería del discurso le place, debemos volver…
El descenso es de unos 45 minutos, pero con mal tiempo podrían llegar a ser un par de horas. Empezamos a avanzar por diferentes veredas hasta alcanzar un claro donde las primeras gotas de lluvia confirman lo inevitable y es ella quien toma la iniciativa y mi mano. Corremos hacia un cobertizo improvisado por los guardabosques y esperamos ahí, entre tierra seca y hojarasca.

Nos encontramos una vez más y la herida en la mano se abre nuevamente por la brusquedad de los movimientos y el placer que los provocaron. Unas gotas de sangre caen al suelo y se secan al instante…
- Mira, tu sangre es como la tierra…
Yo sonrío aunque, de alguna forma, me siento descubierto…
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