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Luciérnagas, el mito maya del jade perdido

La selva no es verde. De noche es una masa negra que respira. En el corazón de El Mayab, como se conoce a la Península de Yucatán,  cuando el sol se hunde, el silencio se vuelve tan denso que podrías escuchar los pensamientos de los animales salvajes y el crujido de la tierra devorando sus propios secretos.

Allí vivía el Sabio. No era un Dios, pero la muerte le tenía respeto porque curaba con las manos. Su poder residía en un fragmento de jade del tamaño de un ojo humano, una piedra verde, fría y traslúcida que vibraba cuando la enfermedad andaba cerca. Si el Sabio la colocaba sobre el pecho de un moribundo, la fiebre retrocedía como un animal asustado.

La noche del gran monzón, el cielo se rompió y el viento arrancó los techos de paja.

El Sabio se dirigía a atender el nacimiento de un niño que venía de nalgas, y con la lluvia empezó a correr hasta que sintió un vacío en el pecho y se dio cuenta de que el bolsillo de su túnica estaba rasgado y la piedra de jade había caído en algún punto de los kilómetros de fango, raíces retorcidas y oscuridad absoluta que rodeaban la aldea.

Al amanecer, el pánico se propagó más rápido que la peste. Sin la gema, el curandero era solo un viejo indefenso ante la selva y, desesperado, llamó a las criaturas más astutas del monte.

El primero en presentarse fue el Venado, con sus patas ágiles capaces de saltar el abismo; luego llegó el Zopilote, con su vista de tumba dispuesta a encontrar cualquier destello desde las alturas y, al final, apareció el Cocay, un insecto gris, una mota de polvo con alas a la que nadie solía mirar dos veces.

Con la voz quebrada por la cercanía de la muerte, les ordenó encontrar la piedra: quien la traiga, obtendrá lo que su naturaleza más desee,  les dijo.

Mientras el Venado corría como un demonio, pisoteando nidos y destrozando la maleza, buscando el color verde entre el barro, el zopilote planeó en círculos, pero la selva se defiende de los ojos del cielo cerrando su cúpula de hojas.

Horas después, la frustración hizo lo suyo: el Venado, ciego de codicia, confundió una fruta amarga con la gema y se la tragó, quedando exhausto y enfermo bajo una ceiba. El Zopilote simplemente se cansó de buscar un fantasma y se dedicó a esperar que el Venado muriera.

El Cocay solo avanzaba porque no tenía la velocidad del cuadrúpedo ni la altura del ave; caminaba a ras de suelo, metiéndose en las grietas donde las víboras duermen, bajo las piedras donde los escorpiones afilan sus pinzas.

Luego llegó la noche otra vez, pero más negra, más hostil. El insecto tenía las alas rotas por las espinas de una planta trepadora conocida como el “subín” y las patas entumecidas por el frío del fango. Dudo de sí, pero no se detuvo: no por la recompensa, sino porque en la aldea, el llanto de los niños enfermos se escuchaba hasta en el último rincón de la maleza. Su empeño no era orgullo, era una obsesión silenciosa.

Entonces ocurrió el milagro: de la pura fricción de su voluntad contra el cansancio, algo se encendió en su abdomen, una chispa interna, nacida no del fuego, sino de una extraña lucidez biológica. Su cuerpo comenzó a emitir un destello intermitente, una luz verde-amarillenta que cortó la negrura del umbral como un cuchillo.

Guiado por su propio cuerpo llameante, el Cocay descendió a una madriguera profunda, un hueco húmedo donde las hormigas comenzaban a devorar los restos de la tormenta y ahí, atrapada entre las raíces de un zapote, la piedra de jade brillaba con el reflejo de la luz del insecto.

Cuando el Cocay regresó a la choza del Sabio, arrastrando la gema con sus últimas fuerzas, los demás animales agacharon la cabeza.

Entonces el viejo tomó la gema, sintió el calor regresar a sus manos y miró a la criatura que brillaba en su palma.

—No te daré un premio —dijo el Sabio, mientras el insecto parpadeaba con luz propia—. La selva ya te dio lo que necesitabas. Esa luz es tuya para siempre. Una linterna para que los hombres recuerden que el orden del mundo no lo mantienen los fuertes, sino los que persisten en la oscuridad.

Desde esa noche, el Cocay ya no es un bicho gris. Es el guardián del fuego frío, el único ser que camina por el umbral de la noche recordándonos que, a veces, para encontrar lo que perdimos, hace falta encenderse por dentro.

🌌 Del mito a la realidad: La danza luminosa del Cocay no se quedó atrapada en el pasado; cada verano, miles de estas criaturas siguen encendiendo los bosques del centro de México. Si deseas presenciar este espectáculo biológico y planear un viaje consciente, te invitamos a leer nuestra Guía definitiva para visitar el Santuario de las Luciérnagas en Tlaxcala.


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