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El susurro del azufre: La noche eterna de El Catrín

Bajo el manto de la medianoche sinaloense, cuando las calles coloniales de lugares como Cosalá se sumergen en un silencio sepulcral y la brisa del malecón en Mazatlán arrastra los ecos de antiguas almas, emerge una silueta que desafía al tiempo.

No es un espectro ruidoso ni una sombra amorfa; es la personificación misma de la elegancia y la sofisticación de una época sepultada en el olvido.

La leyenda cuenta que quienes caminan en solitario por los callejones oscuros relatan el súbito cambio en el aire: la calidez de la costa se extingue en un instante, reemplazada por un frío gélido que cala los huesos.

Entonces se materializa. Es un hombre de porte impecable, ataviado con un pulcro traje negro de etiqueta, sombrero de copa y un bastón con empuñadura de plata pura. Su andar es tan ligero que parece flotar sobre el pavimento desolado.

Antes de verlo, las víctimas son seducidas por una fragancia costosa y embriagadora que inunda la atmósfera, borrando cualquier rastro de peligro inminente.

El Catrín se acerca con modales perfectos y una plática sofisticada. A las mujeres jóvenes les ofrece promesas de riquezas inconmensurables; a los hombres trasnochados, una apuesta imposible de rechazar. Su voz arrulla, su presencia fascina.

Pero el encanto, dicen, es la antesala del horror absoluto.

De acuerdo con la tradición oral de aquella región, la verdadera naturaleza de la aparición se revela bajo el parpadeo de un farol moribundo o al sostenerle la mirada fijamente. La piel tersa de su rostro comienza a marchitarse y contraerse en segundos, revelando la rigidez de una calavera descarnada y sonriente. Al bajar la vista, el calzado elegante desaparece: en su lugar, extremidades dotadas de pezuñas colosales rompen la ilusión de humanidad.

Antes de que la víctima pueda articular un grito, la historia señala que una carcajada siniestra rasga la quietud de la noche. En un parpadeo, el caballero distinguido se desvanece en el aire, dejando como único testimonio de su encuentro un penetrante y asfixiante olor a azufre.

Quienes lograron sobrevivir al encuentro reconocían haber quedado marcados para siempre; el susto les arrebató el habla durante días y sus mentes estuvieron atrapadas en la frontera de la cordura, recordando la noche en que caminaron junto al mismísimo demonio vestido de etiqueta.

Por eso, cada vez que el olor a perfume se mezcla con el del azufre en la noche de una calle solitaria, los viejos bajan la mirada y apresuran el paso. Saben que El Catrín ronda en busca de un acompañante…

Leyendas de este tipo hay en gran parte del país, una de ellas es esta.


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