La Rosca de Reyes, pan dulce ovalado relleno de natilla y coronado con frutas cristalizadas, es mucho más que un postre navideño en México: es el inicio de un ciclo festivo que une familias en torno al 6 de enero y se extiende hasta febrero con tamales humeantes. Esta tradición transforma hogares en centros de alegría donde los niños buscan la figura del Niño Jesús escondida en la masa. Quien la encuentra asume el rol de padrino, organizando una fiesta el 2 de febrero, Día de Candelaria, con tamales como protagonistas. Es una tradición que, sin duda, refuerza la identidad mexicana.

Los orígenes de la rosca se hunden en las Saturnales romanas del siglo I a.C., fiestas paganas en honor a Saturno donde se horneaba un “sigillaria” –pastel de miel con una haba o moneda oculta–. El afortunado era coronado “rey de los tontos” por un día, sátira social que permitía invertir jerarquías. Con el Edicto de Tesalónica en 380 d.C., el cristianismo adaptó esta práctica para la Epifanía –la manifestación de Jesús a los gentiles–, reemplazando la moneda por un haba que simbolizaba la elección del Niño Rey entre pastores humildes.
Durante la Edad Media, Francia la perfeccionó como “gâteau des Rois” en el siglo XIV, con masa hojaldrada y corona de papel. España la adoptó como roscón, documentado en el “Libro de las Fiestas” de Felipe II (1570), donde nobles lo partían post-misa. Aunque llegó a Nueva España en el siglo XVI vía frailes, no aparece en recetarios virreinales como el de las monjas agustinas; se popularizó hasta el Segundo Imperio (1864-1867), cuando pasteleros franceses como Pierre Sans introdujeron el bizcocho espumoso con ralladura de naranja y agua de azahar.

Periódicos novohispanos tardíos lo registran: El Centinela Español (1880) menciona “pasteles de Reyes con haba” como novedad europea; La Voz de México (1886) celebra “el bizcocho anual que alegra hogares”. La rosca mexicana evolucionó: forma ovalada infinita simboliza amor divino eterno; frutas confitadas –figos, aceitillas, cerezas– representan joyas de Melchor, Gaspar y Baltasar; la natilla evoca pureza. El haba cambió por 10-15 figuritas de Niño Dios en porcelana para multiplicar padrinos y evitar pleitos.
El 6 de enero, familias se reúnen post-misa de Epifanía: se parte la rosca rezando por paz, niños gritan “¡Ya salió el niño!” al sacar figuras. El padrino viste al Niño con ropita bordada, lo pone en un pesebre y paga tamales el 2 de febrero –bendición de velas y presentación de Jesús en el Templo–.
El puente a febrero: tamales y Candelaria

Tamales, herencia olmeca (1200 a.C.), cierran el ciclo: masa de maíz nixtamalizado con grasa, rellenos de pollo, puerco, rajas o dulce, envueltos en hoja de maíz o plátano. Los aztecas los ofrendaban a Tláloc en enero-febrero, mes de siembras y ; luego, durante la época de la colonia, se fusionó con la Candelaria.
En la práctica, el 2 de febrero en los hogares hierven tamales en vaporeras –rojos, verdes, de azúcar– mientras en las parroquias se organizan procesiones con velas.

La rosca de reyes y los tamales no son un simple alimento, se trata de un ritual que ha evolucionado desde la época romana hasta nuestros días en una tradición que si bien ya no se sigue al pie de la letra, sí mantiene el fondo de la celebración: compartir pan, tamal y fe en un círculo infinito.













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