El origen del universo en el México prehispánico no fue un acto de creación pacífico, sino un campo de batalla cósmico donde los dioses debían destruirse, sacrificarse o fracasar repetidamente antes de moldear la realidad. Para las culturas de Mesoamérica, el tiempo no era una línea recta, sino un ciclo eterno de soles y eras donde la tierra exigía la sangre de sus creadores para poder sostenerse.

Bajo esta visión, el nacimiento del mundo no se entendía como un regalo divino, sino como un pacto místico y sangriento entre la humanidad y las fuerzas de la naturaleza, dejando una huella imborrable en la memoria histórica de nuestro territorio.
Aunque compartían el cordón umbilical del sacrificio y la veneración por los elementos, cada civilización en el territorio mexicano esculpió su propio génesis dependiendo de la geografía que habitaba.
Desde los mexicas que convirtieron el cuerpo de un monstruo marino en las sierras del centro del país, hasta los zapotecos en Oaxaca que se autoproclamaron hijos nacidos directamente de la neblina de las montañas, estas cosmogonías definieron el arte, la arquitectura y la identidad de los pueblos antiguos.
Explorar sus mitos de creación es entender cómo la diversidad cultural de México nació desde el primer segundo del universo, cuando el mundo apenas comenzaba a ser nombrado.
Mayas: El Popol Vuh y el Fracaso de los Hombres de Madera
De acuerdo con las crónicas del Popol Vuh (el libro sagrado de los mayas k’iche’), en el principio todo era quietud, silencio y un mar primordial donde descansaban seis deidades cubiertas de plumas verdes y azules, entre ellas Tepeu y Gucumatz (la Serpiente Emplumada); de acuerdo con estudios del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), el proceso de creación humana en la cosmovisión maya fue un ensayo de prueba y error de los dioses.

El primer intento: Moldearon seres de lodo, pero eran blandos, se deshacían con el agua y no tenían entendimiento.
El segundo intento: Crearon hombres de madera. Aunque hablaban y poblaron la tierra, carecían de alma, no tenían memoria y olvidaron adorar a sus creadores. Los dioses enviaron un diluvio de resina negra para destruirlos; los pocos sobrevivientes huyeron a los árboles y se convirtieron en monos.
La materia sagrada: El éxito llegó cuando los animales llevaron mazorcas blancas y amarillas a los dioses. Con el maíz, el elemento dador de vida de Mesoamérica, moldearon la carne y la sangre de los primeros cuatro hombres verdaderos, dotados de una inteligencia tan profunda que rivalizaba con la de sus propios creadores.
Mexicas: La Batalla contra el Monstruo Cipactli

Para la cultura mexica, el origen del espacio terrestre requirió de un acto de violencia extrema contra el caos primordial.
Investigaciones arqueológicas del Códice Florentino describen que antes de la Tierra solo existía un océano infinito habitado por Cipactli, una colosal y voraz criatura marina mezcla de pez y cocodrilo. Su cuerpo estaba cubierto de 18 bocas hambrientas en cada coyuntura, devorando todo lo que los dioses intentaban crear.
Comprendiendo que no habría orden posible con la bestia suelta, los dioses hermanos Quetzalcóatl y Tezcatlipoca descendieron de los cielos.
En un acto de sacrificio supremo, Tezcatlipoca ofreció su propio pie como carnada en las aguas para atraer al monstruo. Cuando Cipactli mordió el pie, los dos dioses se arrojaron sobre ella. Tras una batalla que sacudió el vacío primordial, lograron someterla y dividieron su cuerpo inerte en dos partes: con la mitad superior forjaron los cielos y con la mitad inferior crearon la Tierra (Tlalticpac). Las bocas de Cipactli se convirtieron en cavernas, sus ojos en lagos y sus escamas en las grandes cordilleras montañosas de México.
Zapotecos: Hijos Nacidos de las Nubes

A diferencia de los imperios del centro del país, la cultura zapoteca de Oaxaca poseía una de las cosmogonías más poéticas y únicas de Mesoamérica. Investigaciones filológicas de la UNAM señalan que los zapotecas no compartían el mito de haber sido moldeados en arcilla o maíz por los dioses; ellos se consideraban un elemento natural y divino en sí mismos.
En su propio idioma, se autonombraban los Ben’Zaa o Binnizá, que significa “la gente de las nubes”.
Su mito fundacional dictaba que sus ancestros no migraron de ningún sitio, sino que se materializaron directamente en las cumbres sagradas de Monte Albán a partir de la densa neblina matutina, las raíces de los árboles milenarios de zapote y las almas de los jaguares. Esta conexión directa con el cielo y la niebla justificaba el diseño de sus templos elevados, construidos en las alturas de las montañas para mantenerse en contacto permanente con su origen etéreo.
Toltecas: La Serpiente Blanca
Estudios históricos sitúan a la cultura tolteca como la gran arquitecta del pensamiento cosmológico del Posclásico. Para los toltecas, la creación del mundo no fue una caótica carnicería, sino un ejercicio de geometría sagrada y balance cósmico.

Ellos creían que el universo primitivo estaba colapsado sobre sí mismo debido al peso de los cielos.
El génesis tolteca comenzó cuando las dos fuerzas supremas del universo, Quetzalcóatl (la Serpiente Blanca) y Tezcatlipoca (la Serpiente Negra), dejaron de pelear y se transformaron en dos árboles colosales vivientes.
Estos árboles funcionaron como pilares cósmicos que empujaron el cielo hacia arriba, separándolo de la tierra y creando por primera vez el espacio intermedio donde el hombre podía respirar, cultivar y edificar ciudades perfectas como Tula. Su visión del inicio del mundo estaba regida por la arquitectura y la necesidad de mantener el equilibrio entre el día y la noche.
Olmecas: El Dios Jaguar

Como la “Cultura Madre” de Mesoamérica, la cosmogonía olmeca (1200-400 a.C.) es la base de donde nacieron los mitos de todas las civilizaciones posteriores. Al no contar con textos escritos directos, los antropólogos han descifrado su mito de creación a través de sus monumentales esculturas de piedra y jade.
Para los olmecas, el universo se originó en las profundidades del útero de la tierra, representado simbólicamente por las cuevas oscuras y húmedas de la región del Golfo. Su génesis narra la unión mística y sagrada entre una mujer humana primordial y el Dios Jaguar, la deidad de la tierra, la noche y el inframundo.
De esa unión nacieron los “hombres-jaguar”, seres híbridos mitológicos que poseían la sabiduría del felino y la fuerza del hombre para moldear los ríos, los pantanos y levantar las primeras montañas artificiales (las pirámides de arcilla de La Venta), conectando el mundo terrenal con las fuerzas del cosmos.
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