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La Pascualita: La novia momificada que aún espera en la vitrina de Chihuahua

En las calles secas y polvorientas de Chihuahua, donde el sol quema hasta los recuerdos, hay una vitrina que no deja dormir a nadie que la mire demasiado tiempo. Detrás del cristal, vestida de blanco eterno, con velo y corona de azahares marchitos por el tiempo, está “La Pascualita”. No es un maniquí cualquiera. Sus ojos de vidrio parecen vivos. Sus uñas crecen. Y en las noches, cuando la ciudad calla, algunos juran que respira.

25 de marzo de 1930: el día que la muerte se vistió de novia 

Doña Pascuala Esparza, dueña de la tienda “La Popular”, colocó en el aparador un maniquí francés que acababa de llegar. Lo llamaron “La Chonita” al principio, pero nadie pudo ignorar el parecido escalofriante con su propia hija, muerta apenas unos días antes… o tal vez años antes, dependiendo de quién cuente la historia. La joven Pascualita —o así la recuerdan— estaba a punto de casarse. Se probaba el vestido blanco, sonreía frente al espejo, cuando un alacrán (o una viuda negra, o un rayo, las versiones se contradicen en la oscuridad) le robó la vida en segundos. El grito de la madre se oyó hasta las barrancas.

Doña Pascuala no lloró en silencio. No aceptó la tierra fría. Embalsamó el cuerpo de su hija con una precisión que desafía la razón humana. Le puso el vestido nupcial que nunca usó. Le colocó el velo. Y la llevó a la vitrina. Desde entonces, La Pascualita no ha envejecido… o sí ha envejecido, pero de una forma que hiela la sangre: la piel se arruga sutilmente con los años, las venas se marcan más, y hay quienes juran que las uñas se alargan si no las cortan.

“Lo que nadie se atreve a decir en voz alta” 

Los empleados de la tienda, los que han cerrado las cortinas al anochecer, hablan en susurros. Dicen que al regresar por la mañana encuentran el cuerpo en una posición distinta: la cabeza ligeramente girada, como si hubiera estado mirando hacia la puerta. Algunos han sentido un aliento frío en la nuca mientras arreglaban el vestido. Otros han oído un suspiro leve, como de alguien que espera eternamente al novio que nunca llegó.

Hay historias peores. Hombres que se obsesionaron con su belleza pálida, que volvían noche tras noche hasta perder la cordura. Mujeres que le pidieron un deseo de amor y terminaron con pesadillas donde La Pascualita las visitaba en sus camas, susurrando: “¿Por qué tú sí te casaste?”. Y en las madrugadas más oscuras, cuando el desierto aúlla, algunos transeúntes han visto la silueta blanca moverse detrás del cristal… como si intentara salir.

Doña Pascuala murió en 1967, pero no se llevó el secreto. La Pascualita sigue allí, cambiando de vestido según la temporada, pero siempre con esa mirada fija que te atraviesa el alma. Los dueños actuales insisten: “Es solo un maniquí”. Pero entonces, ¿por qué tiemblan al decirlo? ¿Por qué nadie se atreve a tocarla después del atardecer?

Si alguna vez pasas por la esquina de Ocampo y Victoria en Chihuahua, párate frente a la vitrina. Mírala a los ojos. Siente cómo te sigue, cómo parece respirar bajo la tela. Pregúntate si es solo cera… o si una madre, en su dolor infinito, condenó a su hija a una eternidad de vidrio y seda.

¿Te atreverías a quedarte solo con ella después de medianoche? 

¿Crees que es un maniquí… o algo que aún espera su boda? 

Cuéntanos en los comentarios. Si has estado ahí, ¿qué sentiste? 

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