¿Sabías que en México hay un marsupial nativo de estas tierras? Efectivamente, hablamos de uno de los mamíferos más incomprendidos de nuestro ecosistema. Este pequeño amiguito es un animal nocturno que come de todo, tiene una cola prensil que usa para agarrar, sujetar o manipular objetos y es inofensivo; además, no representa riesgo de transmisión de rabia.

Los tlacuaches suelen merodear cerca de los asentamientos humanos y sus colas son naturalmente calvas y escamosas.
¿Lo mejor? Nuestro pequeño protagonista es una especie de controlador de plagas, pues llega a consumir hasta 2 mil garrapatas en una sola noche, además de que también es capaz de alimentarse de cucarachas, alacranes, arañas, gusanos, roedores y hasta serpientes venenosas, como la cascabel: es una herramienta biorreguladora viva que mantiene el equilibrio ecológico en entornos urbanos y rurales.
Pero no solo eso. En la cosmogonía indígena, particularmente en culturas como la mazateca, huichol, nahua, zapoteca y mixteca, este animalito era un personaje trascendental, una figura sagrada en toda la extensión de la palabra.
La leyenda

La tradición habla de tiempos remotos, cuando el mundo aún estaba sumido en la penumbra de las noches frías y los hombres no conocían el calor de las brasas ni la luz que ahuyenta a las bestias, pues el fuego era un secreto celosamente guardado por los poderosos dioses del trueno o, según cuentan otras versiones, por una anciana egoísta (algunas versiones dicen que una bruja), que lo protegía en una cueva inalcanzable para los mortales.
Los seres humanos, desesperados por el frío que calaba sus huesos, se reunieron con los animales para idear un plan y robar el preciado elemento.
Muchos lo intentaron: el jaguar presumió su fuerza y el venado su velocidad, pero todos regresaron con las manos vacías o con quemaduras que los hicieron desistir. Fue entonces cuando un pequeño animal de andar lento, se ofreció voluntario: el astuto tlacuache.
Al principio, los demás animales y los hombres se burlaron de él. “¿Cómo podría un ser tan pequeño y frágil lograr lo que los más fuertes no pudieron?”, se preguntaban entre risas, pero el tlacuache, poseedor de una inteligencia mayor que su tamaño, no se dejó intimidar y pidió que confiaran en él, asegurando que regresaría con el regalo del fuego para todos.

Entonces dio inicio a la arriesgada y mortal empresa. Se acercó con sigilo al campamento de los guardianes del fuego y, en lugar de atacar o correr, utilizó su mejor defensa: se hizo el muerto y se quedó rígido y sin respirar cerca de la fogata, esperando el momento exacto en que los cuidadores se distrajeran o se quedaran dormidos con la seguridad de que su pequeño cuerpo representaba una amenaza.
Cuando el descuido llegó, el tlacuache se movió con la rapidez del rayo. Se acercó a las llamas y, con gran valentía, metió su cola en el corazón de la hoguera. El dolor fue intenso y el pelaje de su cola comenzó a chamuscarse de inmediato, pero el pequeño marsupial resistió el tormento con tal de cumplir su sagrada promesa hacia la humanidad. Así, luciendo como una antorcha viviente, emprendió la huida.
Los guardianes, al darse cuenta del robo, lo persiguieron con furia, lanzándole piedras y palos, pero el tlacuache, a pesar de estar herido y exhausto, corrió por el monte ocultándose entre las grietas y los arbustos, protegiendo siempre la pequeña flama que cargaba en su extremidad.

Luego llegó ante los hombres y los animales que lo esperaban con asombro y, con su último aliento, entregó el fuego, permitiendo que se encendieran las primeras fogatas de la humanidad.
Gracias a su sacrificio, el hombre pudo cocinar sus alimentos, calentarse en el invierno y dar paso a la civilización bajo la luz de las llamas.
Desde aquel día, el tlacuache lleva con orgullo las marcas de su hazaña. Su cola permanece pelada y áspera, sin un solo vello que la cubra, como un recordatorio eterno del fuego que transportó. Además, su capacidad de fingir la muerte quedó como el rastro de la astucia que salvó al mundo del frío eterno, convirtiéndolo en el héroe más humilde de nuestros antepasados.
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