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Santa Sabina… en el reino del sol

Rita de hombros desnudos está de pie en el escenario. Todos esperamos con ansia cuál será la pieza que ahora interpretará Santa Sabina luego de Azul Casi Morado y Chicles.

Los teclados de Jacobo Lieberman, la guitarra de Pablo Valero, la batería de Patricio Iglesias y el bajo de Alfonso “Poncho” Figueroa, concatenados en una expresión perfecta de música y misticismo fusionados en la voz de Rita Guerrero enloquecen al Teatro Metropolitan, donde se escuchan las primeras notas y acordes de A la Orilla del Sol…

Es como una insolación…

La vida universitaria tenía muchas implicaciones a finales de los 80. Sí, en el siglo pasado. En esa época les escuché por primera vez. Acababa de ingresar a la Facultad de Ciencias Políticas de mi muy entrañable Universidad, la Autónoma del Estado de México, y ese día sería la bienvenida para los alumnos de nuevo ingreso. Entonces trabajaba por las noches, así que tenía oportunidad de asistir para disfrutar el inicio de mi educación superior.

No les agobiaré con detalles. Santa Sabina ofreció un concierto desde lo alto de una jardinera, a un costado de la escalera hacia las aulas, la cafetería y la dirección del plantel y yo estaba sentado justo frente a ellos. Fue en 1987, mi número de cuenta no miente.

Al principio resultó extraña la combinación de ritmos y atmósferas, pero después de tres canciones, aquello se convirtió en una de las mejores experiencias en la etapa escolar universitaria; de hecho, puedo asegurar sin exageración, que ahí entendí el significado e importancia de palabras como arte, sensualidad, armonía, expresión y dominio del escenario.

No recuerdo si fue ese mismo día o al siguiente. Santa Sabina abrió el concierto que ofreció Caifanes en el entonces Club Toluca y, por cuestiones de trabajo, también estuve ahí.

Con el tiempo, estos breves encuentros dejaron de ser casualidad y hubo oportunidad de escucharles en diferentes sitios: el Teatro Metropolitan fue uno, la Feria de Metepec, otro. Hasta en La Última Carcajada de la Cumbancha, si mal no recuerdo.

Tuve sus primeras producciones en casete, originales y piratas, no me avergüenza decirlo.

Ojos cegados…  

En dos ocasiones tuve oportunidad de entrevistarles, una de ellas en Metepec, luego de su participación en las actividades culturales de la Feria. Al terminar la charla, pedí a Rita hacer una fotografía mientras caminábamos por las calles del pueblo. Ella se detuvo frente a una fachada cualquiera, miró un portón viejo y desgastado, y con esa naturalidad aplastante me dijo: “Aquí, esta puerta está buena onda”. No hacía falta más. Su magnetismo y sensualidad, brutal, inteligente, carente de artificios, poseían la extraña facultad de resignificar cualquier espacio ordinario y transformarlo en un escenario místico.

Esa característica habita en gran parte de su repertorio y A la orilla del Sol, es el mejor ejemplo de ello y, para mí, el tema más profundo y mágico de la Banda.

Alguna vez, con un grupo de amigos, les explicaba la profundidad narrativa, visual y mística de esa maravilla, una verdadero tratado existencial que obliga a reflexionar sobre quiénes somos, qué hacemos y hacia dónde vamos, un irreal e increíble trance filosófico que solo entendieron cuando se atrevieron a hacer el ejercicio sugerido: siéntate, relájate, cierra los ojos y escucha… verás cosas.

En el reino del sol radiante…

Santa Sabina vive y lleva consigo el legado de Rita, una artista de quien no se puede hablar en pasado porque sería tanto como reconocer ausencia.

La muerte física no puede tocar un legado así; Rita no fue, Rita es inigualable, hipnótica y sensual en el presente de cada reproducción, en las notas de ese himno al autodescubrimiento y por ello no hay espacio para la nostalgia estéril, pero sí para la contemplación, la reflexión, el entendimiento de una voz inmaterial, luz líquida… fascinación de ciegos…


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